—A encontrar a mis hijos —respondió Julián.
—Espera —dijo Brenda—, por favor, espera un momento.
Julián se detuvo, se dio la vuelta. Miró a la mujer con la que se había casado hace 18 meses, la mujer que había traído a su casa porque estaba sola, porque necesitaba ayuda con los niños, porque creía que estaba proporcionando una familia completa a sus hijos. La mujer que en ese momento parecía ser un extraño.
—Habla —dijo Julián.
—Yo no los iba a dejar allá —dijo Brenda—. Yo solo tenía que…
No terminó. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar. Pero Julián no se movió, no fue a consolarla, solo la miró esperando que continuara.
—Tenía que entregarlos —susurró Brenda entre los dedos.
Julián se quedó inmóvil. Las palabras flotaban en el aire como veneno.
—¿Entregarlos? —preguntó.
Aunque sabía exactamente lo que Brenda había dicho, Brenda bajó las manos. Sus ojos estaban rojos, hinchados, llenos de algo que podría haber sido remordimiento o podría haber sido miedo.
—No fue mi idea —dijo rápidamente—. Alguien me obligó. Alguien me dijo que si no lo hacía, si no los llevaba al monte y los dejaba allí, que…
—¿Quién? —preguntó Julián.
—No puedo decirte quién.
—¿Quién? —repitió Julián, y esta vez su voz fue como un puño.
—Si te lo digo nos va a pasar algo a mí, a ti, a los niños.
Julián respiró profundamente. Estaba temblando. Su cuerpo entero estaba temblando, pero su mente estaba funcionando con una claridad que nunca antes había experimentado. La claridad del padre cuya vida estaba en peligro. La claridad de alguien que no tenía nada que perder, excepto todo.
—Voy a revisar tu celular —dijo Julián.
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